CONVOCATORIA ENCUENTRO JUEVERO 5 DE FEBRERO
Esta semana la propuesta de los jueves está a cargo de DAFNE, el tema es: "Cayendo por la madriguera del conejo blanco"
El desafío consiste en escribir un relato, poema o reflexión inspirado en uno o varios elementos del collage con temática de Alicia en el país de las maravillas.
Ella observaba cómo el segundero arañaba el reloj con su tic-tac insistente,
como si el tiempo se burlara de su paciencia. Las matemáticas le caían encima
como un invierno sin abrigo: frías, ajenas, inútiles para quien soñaba con
escribir mundos cuando creciera.
Cuando por fin sonó la campana, Alicia brotó de
la silla. Guardó sus cosas y escapó de la escuela. Sobre la bicicleta, la
música fue su brújula rumbo a casa.
Ya en su refugio, pidió comida sin sospechar que el destino llamaría al timbre. Detrás de esa puerta, el amor la estaba esperando.
—Hola… ¿me pasás el código? —dijo el repartidor. Su voz llegó como una
piedra suave rompiendo el silencio—. ¿Estás bien?
—Sí… es solo que no esperaba que el repartidor
fuera tan lindo —respondió Alicia, con las mejillas encendidas como semáforos
en rojo.
Él sonrió, una grieta de luz en medio de la
tarde.
—Si querés, podemos ir a comer al parque. Ya terminé el turno; tu pedido fue el último del día.
Alicia bajó la mirada y entonces lo vio: un conejo tatuado en su brazo, corriendo eternamente, como si siempre llegara tarde.
No lo pensó demasiado. Alimentó a su gato, que le devolvió una sonrisa torcida, idéntica a la del Cheshire, como si supiera algo que ella aún no.
Se
cambió de ropa y, tal como en los viejos cuentos, decidió seguir al conejo;
esta vez no saltaba por madrigueras, sino que corría tatuado en el brazo de un
chico hermoso.
Cerró la puerta con llave y salieron rumbo al
parque.
En el camino se cruzaron con personas atrapadas
en engranajes invisibles: rostros borroneados, pasos cansados, miradas
entregadas a la inercia de una felicidad postergada.
Ellos, en cambio, compartieron el almuerzo y
pequeñas historias, y entre palabras y risas el amor empezó a tejer su hechizo.
Una oruga se deslizó entre los restos de lechuga
del sándwich, esquivando hongos como un acróbata diminuto. Alicia sonrió: sabía
que todo cambio anuncia alas.
Martín entonces le propuso jugar a las cartas.
Las cartas quedaron olvidadas mientras sus manos se encontraban. El amor nació sin prisa, como una flor en medio del cemento. Alicia supo que, al seguir al conejo, había llegado al lugar correcto y corono la tarde con un dulce beso.



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