Una vez que Ángel
llego al viejo hotel junto a su familia, su mujer y dos niños. Fue recibido por
el encargado que le dio una breve charla indicando las tareas que debía
realizar y sobre todo le indico que por ningún motivo tenía que entrar a la habitación
17.
A Ángel le pareció raras las reglas que le encargaron, pero
era un trabajo tranquilo que le permitiría terminar de escribir la novela que
estaba terminando, además la paga era bastante buena por el trabajo de mantener
un viejo hotel.
Una tarde mientras Ángel estaba escribiendo en el salón principal,
sus dos hijos Tomas y Brenda estaban jugando a correr por los largos pasillos
del hotel. Los pasillos olían a humedad.
Cuando pasaron por la habitación 17 escucharon desde su interior
el ruido de una campanita y eso fue el detonador para despertar la curiosidad
de los niños, que frenaron y abrieron la puertas.
En su interior los niños vieron a un monje zen practicando
zazen. Los niños se asustaron y fueron a correr a los brazos de su padre.
El padre abrazo a los niños y le recordó que nunca más debían entrar a la habitación 17, a lo que los niños le prometieron a su padre que
nunca más entrarían a la habitación.
Ángel busco en Internet como liberar a un espíritu que permanecía
meditando por la eternidad. Encontró un hechizo y se dirigió a la habitación 17
para romper las cadenas que tenían atrapado en el tiempo al monje zen.
Abrió la puerta de la habitación y se encontró al monje practicando
zazen y le dijo el hechizo de liberación:
“Has meditado tanto tiempo
que el silencio te tragó el nombre.
Te quedaste aquí como una campana rota
que sigue temblando aunque nadie la toque.
Pero todo lo que permanece demasiado tiempo en la noche
termina olvidando el camino del alba.
Yo vine a recordártelo.
Suelta este cuarto.
Suelta este mundo.
Suelta tu dolor.
Y vete.”
El monje luego de escuchar el hechizo solo hizo gasho y se
esfumo liberándose de las cadenas que lo retenían en este plano.